REFLEXIONES SOBRE LA IMPORTANCIA DE LA DEUDA PÚBLICA Y SU EFECTO EN LOS CIUDADANOS DEL PAIS

DEBATE REALIZADO POR LOS SOCIOS DEL CLUB DE OPINION LUCAS MALLADA EL 24/6/2016

Según los datos oficiales, en este último trimestre, la deuda pública española ha alcanzado la cifra de un billón de euros aproximadamente que coincide con el 100% del PIB del país.

Este dato en sí mismo, no es bueno ni malo ni quiere decir nada, salvo que sirve de referencia para compararlo con los parámetros de otros países. Hay opiniones que lo califican de bueno porque es inferior al de otros y también lo contrario, o sea es peor porque es más alto.

Como en cualquier situación de endeudamiento, la pregunta no sería si es alto, bajo o en el la media de otros países, si no, reflexionar en qué se ha gastado el dinero, si tiene retorno a medio y largo plazo y sobre todo, si estamos generando excedentes que permitan reducirlo.

En los datos publicados de las últimas encuestas sobre los asuntos que más preocupan a los españoles, resulta curioso comprobar cómo, el hecho de que cada ciudadano tengamos sobre nuestra persona una carga del orden de 25.000 € no figura ni siquiera entre las diez primeras.

Es muy importante tomar en serio el dato y que los ciudadanos nos concienciemos de la gravedad del asunto.

No hay que olvidar que la última reforma exprés de la Constitución, pactada por el PP y el PSOE, cuando Europa nos exigía garantías de pago, fue que se considera preferente en la prelación de obligaciones, el pago de los intereses y el principal de la deuda por delante de los demás gastos del Estado (salarios de funcionarios, pensiones, etc. etc.)

La explicación es sencilla: en muchos casos es un dato desconocido, por otro lado es un asunto que tendrán que resolver otros, que no nos afecta directamente, que tenemos necesidades más importantes y urgentes, etc. Todo esto es verdad y siempre tiene que haber una escala de prioridades, pero convendría ir teniendo presente este asunto porque aunque parezca otra cosa, puede haber circunstancias que cambien la situación y hay que tener claro que el dinero para el pago de la deuda publica sale del esfuerzo de los ciudadanos, ya que cualquier medida que se tome al respecto, nos repercute directamente (impuestos, recortes, etc. etc.)

La situación es idílica en este momento: hay crédito ilimitado (para nuevas emisiones y renovación de las deudas que vencen) y tipos de interés entre el 0% y el 1,5%.

Si el sistema financiero del país se hubiese comportado así con las empresas privadas durante los años de la crisis desde el 2007, sólo las empresas sin rentabilidad ni viabilidad, hubiesen tenido que entrar en un proceso de liquidación. Muchas hubiesen conseguido salvarse solo con la renovación de sus riesgos de circulante.

Si las condiciones cambian, suben los tipos de interés y hay dificultad de encontrar financiadores de la deuda, la situación se vuelve dramática.

Lectura aparte merece la observación de que en 2007 la deuda pública española era del orden de 400.000 MM de € y ha crecido en estos últimos 9 años 600.000 MM de € hasta el billón actual.

Quiere esto decir que el mensaje de que estamos dejando atrás la crisis y volvemos a la senda de la recuperación es en parte cierto, pero nos llevamos una importante mochila a la que casi nadie hace referencia, como si nada hubiese pasado. Este incremento de deuda, lo podemos dar por desaparecido y se ha destinado al pago de gasto corriente, al pago de infraestructuras sobredimensionadas, al rescate bancario, etc. etc. Puede que una pequeña parte sí que se haya utilizado en inversión productiva y con retorno, pero desgraciadamente, coincidiremos casi todos que no han sido las partidas más importantes.

Conviene no olvidar otro factor también importante. No es otro que la respuesta a la pregunta de a quién le debemos el dinero. No es lo mismo que nuestro financiador pueda tener necesidades a corto plazo que le impidan seguirnos renovando el crédito o que no las tenga (la economía China no va a crecer siempre al mismo ritmo y un día puede necesitar lo que nos ha prestado) o que los tenedores de la deuda sean además, para complicar más el posible problema de impago, las entidades financieras españolas, alguna de las cuales ya hemos tenido que rescatar. Si cada vez necesitamos más financiación, la duda que nos cabe es si podremos encontrar quien suscriba ese incremento de deuda.

Parece que en este asunto, hay equilibrio. Aproximadamente el 50% de nuestros acreedores son extranjeros y el 50% nacionales. No sé qué sería mejor en caso de problemas. Si deberlo todo fuera o en el propio país.

Lo que es evidente que tener obligaciones con el exterior condiciona la dependencia con ellos y también nuestra soberanía y hace que nuestra política exterior institucional se vea afectada, como ocurrió recientemente con China, cuando desde la justicia española se reclamada tomar declaración a un alto representante de ese país y en pocos días hubo que dar marcha atrás en el proceso, modificando incluso algunas leyes para que no pudiera llevarse a cabo esa actuación judicial.

Los últimos ejercicios, a pesar de lo que nos trasladan nuestros políticos, no hemos cumplido con el objetivo de déficit que nos ha fijado Europa. Si ya de por sí es grave tener déficit, incumplirlo es el colmo. Lo peor del asunto es que los presupuestos generales que se van aprobando, para nada se plantean el equilibrio entre gastos en ingresos, o sea, el déficit 0, sino que seguimos generando más deuda ya de salida.

La deuda pública está intrínsecamente ligada al déficit público, pues no es otra cosa que la necesidad de financiar la diferencia negativa entre ingresos y gastos. Desde una perspectiva Keynesiana el déficit no tiene por qué ser perjudicial en sí mismo y se trata de una herramienta anti cíclica que permite superar periodos de recesión con políticas de inversión pública para impulsar de nuevo el crecimiento. El problema es que en este momento este mecanismo está agotado y Europa no nos permite persistir en la generación de nuevos déficits.

Conviene recordar la noticia aparecida en los medios de comunicación la semana pasada, que un país como Alemania, que no se presume que pueda tener problema de solvencia, está teniendo superávits que está destinando a la reducción de su deuda. Increíble pero cierto. Los alemanes, son alemanes, con todo lo que eso conlleva, pero de tontos, con perdón, no tienen nada y se están preocupando en ir pagando lo que deben. No es casualidad que su prima de riesgo sea incluso para algunos periodos negativa, porque todos sus acreedores valoran su capacidad de pago.

Si finalmente coincidimos la mayoría en que lo mejor es no tener problemas e intentar pagar lo que debemos, habrá que tomar algunas medidas.

Por desgracia en esto no hay milagros. Hay que generar excedentes, o sea, ingresar más que se gasta.

Para aumentar los ingresos, no cabe más que propiciar el crecimiento económico y recaudar más por este motivo, con todas las armas disponibles (inversiones en: a) Investigación y Desarrollo y en recuperación del talento emigrado; b) en políticas de impulso industrial y de renovación tecnológica de las empresas ya que tenemos el PIB industrial más bajo de la historia; c) en educación, que es la única palanca para asegurar el futuro), revisar la fiscalidad de determinados colectivos y empresas y además, actuar con rigor sobre el fraude.

Para reducir los gastos, no cabe más que ser muy exigentes y rigurosos con todas las partidas, tratando de eliminar y optimizar lo no imprescindible para ser más eficientes. No se trata de recortar, que es una expresión poco adecuada para esto; se trata de reducir la estructura administrativa del estado, de revisar si procede parte del actual sistema autonómico, de no hacer nuevas infraestructuras que no tengan un retorno garantizado, de controlar las subvenciones de todo tipo que en muchas ocasiones han propiciado grandes fraudes y no hay ido a cubrir los fines que estaban destinadas, etc. etc. La necesaria reforma de la financiación autonómica y la propia reforma de la Administración son una obligación ineludible para el próximo gobierno del país.

Evidentemente que los recursos son limitados pero el problema es que hoy estas políticas no están en la agenda y eso es una catástrofe. Debemos hacer un plan nacional de inversión y consensuarlo con Europa por si es posible pactar un calendario de déficit coherente con estos planes

Creemos que es una labor que los ciudadanos debemos exigir a nuestros representantes.

Si finalmente no consideramos el asunto muy en serio, se toman medidas y cambiamos la tendencia, no habrá más remedio que ante un problema de nuestros acreedores que no nos puedan seguir fiando o que nuestra calificación crediticia baje hasta el abismo, aumentando la prima de riesgo, suspendamos nuestros pagos, tengamos que sustituir deuda a plazo con vencimiento por deuda perpetua (y si se puede, paguemos algún interés) o algo mucho peor para los ciudadanos, y es que alguien obligue al Gobierno, como ya anunciaba en 2.014 el Fondo Monetario Internacional, que sugería la posibilidad de aplicar quitas soberanas y expropiar parte de los ahorros de las familias confiscando hasta un 10% del patrimonio para reducir la deuda de los países.